¿Tú eres visible o invisible?

¿Destacas en lo que te gusta y te haces visible?
¿O limitas tu brillo hasta volverlo casi invisible?

La pregunta es inevitable:

La invisibilidad… ¿la eliges o te elige?

Hace unos días hablaba con mi primo.
La música es su pasión. Vive a través de ella y se expresa tocando.

Le comenté algo curioso:

—En los vídeos que me has mandado no se te ve. Solo salen tus manos.

Me respondió con total naturalidad:

—Es que no me gusta salir.

Creencia limitante adquirida o heredada.
¿Quién sabe?

Lo curioso es que su prima (yo) tampoco quería figurar.

Mi invisibilidad era tal que ni siquiera salía en las fotos.
Y esto es literal.

La invisibilidad no entiende de género.
Le ocurre a mujeres y a hombres.

Y entonces aparecen preguntas incómodas:

  • ¿Creemos que molestamos?

  • ¿Nos da vergüenza?

  • ¿A quién le damos el protagonismo?

¿Quién sabe?

Mientras tanto, la vida sigue transcurriendo.
Nos diluimos en la rutina y en la cotidianidad porque parece que “es lo que hay”.

Y lo brillante, lo único que habita en cada uno de nosotros, lo dejamos aparecer solo de vez en cuando…
siempre vigilando que no se haga demasiado visible.

Como si brillar fuera peligroso.
Como si destacar fuera molestar.
Como si existir plenamente fuera demasiado.

Sin embargo la pregunta sigue ahí:

¿La invisibilidad te protege… o te apaga?

Quizá hoy solo se trate de observar.

¿Dónde te haces pequeño?
¿Dónde decides no mostrarte?
¿Dónde escondes algo que en realidad merece ser visto?

Porque a veces no hace falta cambiar la vida entera.

A veces basta con atreverse a aparecer.

El experimento de la visibilidad

Hoy no vamos a pensar.
Hoy vamos a jugar a aparecer.

Durante el día elige tres pequeños momentos para hacerte visible. No tienen que ser grandes gestos. Al contrario: cuanto más simples, mejor.

Por ejemplo:

  • Dar tu opinión cuando normalmente te callarías.

  • Compartir algo que te gusta o te emociona.

  • Subir una foto tuya en lugar de esconderte detrás del paisaje.

  • Decir algo que realmente piensas.

  • Reírte sin intentar disimular.

  • Reconocer algo que haces bien.

Tres pequeños actos de visibilidad.

Nada heroico.
Nada forzado.

Solo aparecer un poco más de lo habitual.

Al final del día pregúntate:

  • ¿Qué se ha movido dentro de mí?

  • ¿He sentido miedo… o alivio?

  • ¿La invisibilidad me protegía… o me escondía?

Y observa algo curioso:

La mayoría de las veces, cuando dejamos de escondernos…
el mundo no se rompe.

Simplemente nos empezamos a sentir más vivos.

¿Juegas conmigo?

Y si se hace desde el juego y la diversión, la victoria está servida.

He preparado un post en Instagram para abrir la conversación. Te invito a compartir allí tu opinión, tu experiencia o tu visión. Porque cuando reflexionamos juntos, el camino hacia el bienestar se hace más ligero y luminoso.

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