De niña miraba el mundo como si vivir fuese algo sencillo.
El cuerpo se movía sin esfuerzo, la mente jugaba, la vida parecía confiar en mí tanto como yo en ella.

Luego crecimos.
Y algo se fue tensando.

Lo veo hoy en una casa donde conviven tres generaciones.
La abuela mastica despacio, como quien conversa con el tiempo.
La hija pasó años tragando sin sentir, hasta que el cuerpo habló y ella escuchó.
Las nietas devoran rápido, como si la vida fuese una carrera que no se puede perder.

No es comida.
Es presencia.

Con los años vamos acumulando capas: educación rígida, creencias, juicios.
El cuerpo, que antes era lienzo, se vuelve marco.
Y sin notarlo, quedamos dentro del cuadro.
Uno bonito, ordenado, socialmente correcto…
sin embargo estrecho.

El cuerpo lo sabe antes que la mente.
Por eso se contractura.
Por eso se endurece.
Por eso pide pausa.

La mente también da pistas.
Aparecen pensamientos que no suenan a nuestra voz.
Culpas que pesan demasiado.
Ideas que entran y salen como pompas de jabón…
y que un día creemos nuestras.

Hasta que algo se abre.
Una grieta pequeña.
Casi invisible.

Tal vez masticando más despacio.
Tal vez tocando una tensión y diciéndole “relájate”.
Tal vez preguntándonos, con curiosidad:
¿este pensamiento es mío?

Y entonces sucede.
El tiempo se ensancha.
El cuerpo afloja.
La vida vuelve a moverse.

No hay que romper el cuadro.
Ni luchar contra él.
Solo recordar cómo se sale.

Volviendo al cuerpo.
Volviendo a lo simple.
Volviendo al juego.

Porque cuando el cuerpo es escuchado, el alma responde.
Y cuando la vida se vive como juego,
la salida aparece sola.

Hoy no te propongo cambiar nada.
Solo probar.

Mastica.
Escucha.
Observa.
Sonríe.

¿Juegas conmigo?

Y si se hace desde el juego y la diversión, la victoria está servida.

He preparado un post en Instagram para abrir la conversación. Te invito a compartir allí tu opinión, tu experiencia o tu visión. Porque cuando reflexionamos juntos, el camino hacia el bienestar se hace más ligero y luminoso.

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