Durante mucho tiempo creí que había algo que estaba mal en mí.
Me esforzaba por ser perfecta: la niña correcta, la mujer responsable, la buena, la que no molesta. Competía sin saberlo. Me adaptaba. Me diluía. Y cuanto más perfecta intentaba ser, más lejos estaba de mí.

Nadie me explicó que la perfección no nace del ser, sino del miedo a no ser suficiente.
Que competir es una forma elegante de desaparecer.
Y que, en ese intento de encajar, uno puede olvidarse por completo de su valor único.

De niña, sin embargo, sí recordaba algo.
Recordaba la magia.
Creí en ella con todo mi cuerpo cuando me hablaron de los Reyes Magos. Confié. Me ilusioné. Esperé. Y un día me dijeron que no existían. Que todo había sido un cuento.
No solo cayó la historia: cayó la confianza.
Y sin darme cuenta, aprendí una lección silenciosa: la magia no es real.

Esa creencia viajó conmigo.
Se coló en mis decisiones, en mis relaciones, en mi forma de vivir.
Una vida correcta, ordenada… sin embargo gris.
Una vida en la que se “va tirando”.

Hasta que un día, en una escalera cualquiera, alguien me dijo:
—Bien, tirando.

Ahí algo se rompió.
O quizá se abrió.

Y di gracias porque repetir frases heredadas, el automatismo y el grisáceo ya no formaban parte de mi vida. Que el con-formar me había roto y liberado de esas cadenas invisibles, de esas creencias que me gobernaban sin mi permiso.

Y entonces llegó otro descubrimiento:
había vivido dando sin saber recibir.
Poniendo al otro delante.
Callando para no incomodar.
Confundiendo bondad con buenísimo.

Hasta que la incoherencia se hizo evidente:
pensaba una cosa, decía otra, hacía otra distinta.
No se vive así.
Se sobrevive.

Cuando encendí la luz ,cuando me atreví a recibir, a cuestionar, a soltar la perfección, algo cambió para siempre.
Dejé de competir y empecé a habitar la excelencia.
No esa que se demuestra, sino la que se es.
La que no compara.
La que no grita.
La que sabe que lo que hago es único porque nace de mí.

Hoy ya no tiro.
Surfeo la vida. El estar presente, el habitar mi vida lo hace fácil.
Porque escucho lo que digo.
Porque cuestiono lo automático.
Porque recibo antes de dar.
Porque la magia volvió cuando dejé de negarla.

Y enero no me pide propósitos.
Me pide presencia.

Hoy jugamos a algo sencillo y profundo:
– escuchar lo que decimos
– notar cuándo competimos
– observar si damos sin recibir
– y elegir hacer una sola cosa desde el ser, no desde el personaje

Porque cuando dejamos de perseguir la perfección,
la vida por fin empieza a responder.

Con alegría. Sin juicio. Con verdad.

¿Juegas conmigo?

Y si se hace desde el juego y la diversión, la victoria está servida.

Te invito a compartir en nuestro post de Instagram el juego que más te ha inspirado este mes. Porque cuando reflexionamos juntas, el camino hacia el bienestar se vuelve más ligero, más colorido y más vivo.

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