Siendo muy niña, miraba el mundo con los ojos de la intuición.
Observaba todo como si la vida fuese un misterio sencillo… y aun así me preguntaba:
¿Cómo puede ser tan difícil vivir, cuando vivir es tan simple?

Veía a los niños moverse con alegría, ágiles, elásticos de cuerpo y de mente.
Sin prejuicios.
Confiando en la vida como quien respira.

Pero al llegar la adolescencia, algo cambiaba. Las risas se volvían seriedad, los gestos se tensaban y aparecían los primeros prejuicios…
Como si ser serio fuese un mérito.
Como si poner “cara de puerta” fuese sinónimo de moralidad.
(Spoiler: no lo es).

A medida que avanzamos en la vida, acumulamos capas: educación rígida, creencias limitantes, juicios y autojuicios.
Poco a poco, aquello que era flexibilidad se convierte en corsé.
Aquello que era fluir, se vuelve esfuerzo.
Y sin darnos cuenta, dejamos de ser el lienzo para convertirnos en parte de un cuadro.
Un cuadro con marco dorado… tan brillante como aprisionante.

Pero y aquí está la buena noticia siempre hay una salida.
Cuando uno se rinde a su ser, cuando se diluye en su amor incondicional, la vida vuelve a fluir.
El poder regresa.
La alegría regresa.
La verdad regresa.

Atrévete a volver a tu origen.
Atrévete a salir del cuadro que otros pintaron para ti.

Hoy jugamos a observar el cuerpo:
Cuando notes una rigidez o contractura, tócala suavemente y dile:
“Relájate, cuerpo.”
Luego mira hacia arriba, sonríe, y repite varias veces:
“Relájate, cuerpo.”

¿Juegas conmigo?

Y si se hace desde el juego y la diversión, la victoria está servida.

He preparado un post en Instagram para abrir la conversación. Te invito a compartir allí tu opinión, tu experiencia o tu visión. Porque cuando reflexionamos juntos, el camino hacia el bienestar se hace más ligero y luminoso.

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