Hubo una vez una mujer que dejó de moverse sin darse cuenta.
No fue de golpe.
Fue paso a paso.
Primero dejó de decir lo que pensaba.
Después dejó de intentar cosas nuevas.
Más tarde dejó de preguntarse si era feliz.
Aprendió a funcionar.
A cumplir.
A adaptarse.
Y un día, mientras se peinaba frente al espejo, la vio.
Detrás de ella.
Una niña.
Tenía el pelo revuelto, las rodillas raspadas y los ojos llenos de algo que la mujer no supo identificar.
No parecía triste.
Sin embargo no se sentía tranquila.
La mujer se giró.
No había nadie.
Volvió al espejo.
Ahí estaba otra vez.
—¿Quién eres? —susurró la mujer.
La niña ladeó la cabeza.
—Soy la que eras cuando no te daba miedo.
La mujer sintió una punzada en el estómago.
Rió nerviosa.
Se fue a trabajar.
Sin embargo durante el día empezó a observar a esa niña reflejada
en la pantalla del ordenador,
en el cristal del metro,
en la ventana del baño.
Siempre detrás.
Siempre mirando.
No decía nada.
Solo observaba.
Y eso era peor.
Porque la mujer sabía exactamente qué estaba viendo la niña:
cómo decía “sí” cuando quería decir “no”.
Cómo callaba cuando algo le dolía.
Cómo se quedaba donde ya no quería estar.
Esa noche soñó que corría.
Y la niña corría detrás de ella.
No para alcanzarla.
Sino para que no se detuviera.
Despertó con el corazón acelerado.
Los días siguientes fueron incómodos.
Cada vez que evitaba una conversación, la niña aparecía.
Cada vez que tragaba palabras, la niña fruncía el ceño.
Cada vez que sentía miedo y lo disfrazaba de prudencia… la niña suspiraba.
Hasta que un día la mujer explotó.
—¿Qué quieres de mí? —gritó frente al espejo.
La niña no gritó.
Se acercó.
Apoyó la mano en el cristal.
Y dijo:
—Que te muevas.
—Tengo miedo —respondió la mujer por primera vez sin fingir firmeza.
La niña asintió.
—Yo también. Sin embargo tengo la confianza y certeza de que unidas de la mano el camino será mas fácil.
Ese día algo se quebró.
La mujer entendió que no era el cambio lo que la paralizaba.
Era el miedo a dejar de ser quien había aprendido a ser.
El miedo a perder el personaje que la mantenía aceptada.
El miedo a que su voz molestara.
Se sentó en el suelo del baño.
Respiró.
Y escuchó su propia respiración como hacía años que no lo hacía.
—No sé por dónde empezar —susurró.
La niña sonrió.
—Empieza pequeño. Un paso.
Al día siguiente no renunció a nada.
No hizo una revolución.
Hizo algo más difícil.
Cuando le pidieron algo que no quería hacer, dijo:
—Prefiero no hacerlo.
Su voz tembló.
No gritó.
No se justificó.
No se explicó de más.
Solo habló.
Y algo extraño ocurrió.
No se rompió el mundo.
No la rechazaron.
No la abandonaron.
La niña, reflejada en el cristal de una puerta, empezó a aplaudir sonriendo.
Ese fue el primer movimiento.
Después vino otro.
Y otro.
Un mensaje enviado.
Una conversación pendiente.
Un límite puesto.
Una verdad dicha sin elevar el tono.
Cada vez que actuaba desde lo que sentía,
la niña dejaba de aparecer en los reflejos
y empezaba a caminar a su lado.
Ya no la perseguía.
La acompañaba.
Hasta que una mañana la mujer volvió al espejo.
Solo estaba ella.
Sin embargo sus ojos eran distintos.
Más vivos.
Más presentes.
Más suyos.
Entendió entonces que la niña no había venido a incomodarla.
Había venido a recordarle que quedarse quieta también era una decisión.
Que el precio de no moverse es perderse.
Y que la voz no se recupera gritando,
sino diciendo la verdad,
aunque tiemble.
Desde ese día, cuando siente que vuelve el miedo, no corre.
Se mueve.
Aunque sea un centímetro.
Porque sabe que mientras avance,
la niña seguirá a su lado.
No como un fantasma.
Sino como brújula.
El Movimiento Visible
Durante los próximos tres días:
Cada mañana escribe una frase que estés evitando decir.
No la envíes todavía.
Léela en voz alta y observa dónde vibra tu voz: ¿garganta o estómago?
Antes de que termine el día, convierte esa frase en una acción concreta.
No tiene que ser dramática.
Tiene que ser honesta.
El objetivo no es cambiar tu vida de golpe.
Es enseñarle a tu cuerpo que puede moverse aunque haya miedo.
Porque el miedo no desaparece.
Sin embargo cuando te mueves, pierde el mando.
Y cuando tu niña deja de perseguirte, empieza a acompañarte.
Y si se hace desde el juego y la diversión, la victoria está servida.
Te invito a compartir en nuestro post de Instagram el juego que más te ha inspirado este mes. Porque cuando reflexionamos juntas, el camino hacia el bienestar se vuelve más ligero, más colorido y más vivo.
