Hay algo que, si lo miras de frente, no tiene demasiado sentido: echar de menos algo que te dolía. Y sin embargo pasa. No echas de menos la situación, ni el problema, ni el malestar. Lo que echas de menos es cómo eras tú dentro de eso.

La intensidad. La implicación. La sensación de estar completamente dentro de algo.

Porque cuando algo duele, estás. Estás pendiente, estás alerta, estás viva.

Y luego cambia.

La vida se ordena, se calma, se vuelve más ligera. Y en teoría debería sentirse bien. Aunque no siempre ocurre así. Porque ya no hay nada que te active de la misma manera, nada que te saque de ti, nada que te obligue a reaccionar.

Y entonces aparece algo difícil de nombrar: una especie de nostalgia.

No del caos, sino de la versión de ti que existía dentro de él.

Crees que quieres volver atrás, pero en realidad no quieres volver al dolor. Lo que quieres es volver a sentirte tan presente como entonces, tan implicada, tan conectada, tan encendida.

Y como no sabes cómo generar eso desde la calma, tu mente empieza a moverse. Compara, duda, revisa, remueve… hasta que encuentra algo. Y lo activa.

No es que no sepas vivir sin caos. Es que no has aprendido a sentirte viva sin intensidad.

Hoy la propuesta es distinta. No se trata de buscar emoción fuera ni de añadir estímulo. Se trata de elegir un momento tranquilo del día, algo simple, algo aparentemente normal, y en lugar de pasar por ahí sin más, quedarse.

Presente.

Observar. Respirar. Sentir.

Y hacerse una pregunta sencilla: ¿y si estar viva también es esto?

Porque a veces no necesitamos más intensidad. Lo que necesitamos es aprender a reconocer la vida cuando no está gritando.

¿Juegas conmigo?

Y si se hace desde el juego y la diversión, la victoria está servida.

Te invito a compartir en nuestro último post de Instagram. Porque cuando reflexionamos juntas, el camino hacia el bienestar se vuelve más ligero, más colorido y más vivo.

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