Fui educada para dar antes de recibir.
El otro siempre iba primero. Yo después. O nunca.
Aprendí a protegerme del dolor mirando hacia otro lado, repitiéndome en silencio: “no pasa nada”.
No me enfadaba. No decía que no.
Ser buena estaba bien visto.
Ser complaciente, premiado.
Sin embargo en mi caso, ese modelo no funcionó.
Cada día estaba más lejos de mí, más incoherente:
Pensaba una cosa.
Decía otra.
Hacía otra distinta.
Quizá tú también te lo has preguntado alguna vez:
¿Cómo se puede vivir así?
La respuesta es sencilla y dura:
no se vive, se sobrevive.
Todo se convierte en esfuerzo.
Nada se disfruta.
Todo es serio.
No hay juego.
No hay verdad.
Hasta que un día salta la chispa.
Y la luz se enciende.
Ese día comprendes algo esencial:
sí importa no recibir.
Sí importa ponerte delante.
Sí importa reconocerte como valiosa.
Descubres que has estado tan habituada a dar,
que no sabes tomar cuando la vida te ofrece algo.
Que rechazas sin darte cuenta.
Que minimizas.
Que devuelves antes de sentir.
Hoy lo tengo claro:
primero recibir.
Para luego dar desde la plenitud,
no desde el vacío de quien nunca se permitió tomar.
Cuando iluminas lo que te duele,
el cambio ya no se puede detener.
Cuando aprendemos a recibir,
la vida deja de pesar…
y empieza a responder.
Hoy jugamos a recibir
Acepta la ayuda que llegue.
Di que sí a una invitación.
Permite que te sostengan.
Y en silencio, repite:
“Recibo mi derecho divino y recupero mi valor.”
¿Juegas conmigo?
Y si se hace desde el juego y la diversión, la victoria está servida.
He preparado un post en Instagram para abrir la conversación. Te invito a compartir allí tu opinión, tu experiencia o tu visión. Porque cuando reflexionamos juntos, el camino hacia el bienestar se hace más ligero y luminoso.
